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Estilo de Vida

Estudios han logrado establecer asociaciones entre el riesgo de cáncer de mama y el peso, dieta, nivel de actividad física y cantidad de alcohol consumida por un individuo. Tal como ocurre con exposiciones a diferentes factores de riesgo ambientales, los efectos asociados al estilo de vida varían mucho durante el curso de ésta, dependiendo de su exposición a estrógenos naturales y otras sustancias estrogénicas.

Obesidad tras la menopausia

La obesidad post-menopausia es considerada un factor de riesgo en parte porque niveles de grasa corporal altos están asociados con un aumento en la producción de estrógenos desde órganos que no son los ovarios. (Los ovarios dejan de ser la fuente primordial de estradiol tras la menopausia). Los niveles de estradiol en mujeres post-menopáusicas con problemas de obesidad son en promedio el doble de aquellos de mujeres sin problemas de obesidad de la misma edad [Key et al., 2003].  Estudios recientes sugieren que el aumento de riesgo debido a la obesidad es más pronunciado en mujeres que han llegado a la menopausia en el ultimo par de años (en comparación con mujeres mayores) y en mujeres que nunca han estado bajo terapia de reemplazo hormonal [Morimoto et al., 2002].

En mujeres post-menopáusicas que ya han sido diagnosticadas de cáncer de mama, la obesidad esta asociada con un aumento de estradiol y testosterona en la sangre. También, en el caso de mujeres pre- y post-menopáusicas diagnosticadas de cáncer de mama, la obesidad está asociada con un aumento en la incidencia, recurrencia y mortalidad por cáncer [McTiernan et al., 2003; Loi et al., 2005].

Dieta

Muchos estudios indican que mujeres post-menopáusicas cuyas dietas son bajas en fibra y altas en grasas saturadas tienen mayor riesgo de cáncer de mama [Richter, 2003]. Las grasas retienen toxinas y aumentan la cantidad de estrógenos en la sangre. Algunos estudios sugieren que las mujeres que consumen dietas occidentales altas en grasas tienen más estrógenos en el flujo sanguíneo y menos excreción urinaria de estrógenos en comparación con mujeres que consumen dietas más ricas en fibra y bajas en grasas [Goldin et al., 1982].

Recientemente ha surgido una historia aun más compleja, donde muchos estudios no logran determinar un factor en particular que pueda asociar la dieta con el cáncer de mama. Más bien, los factores asociados a la dieta pueden volverse más importantes en conjunción con otros factores de riesgo como la edad o el fumar [Fung et al., 2005]. En particular, ciertas dietas nocivas durante la adolescencia pueden ser afectar el riesgo de cáncer de mama en anos posteriores [Frazier et al., 2003].

Los riesgos asociados a la dieta están íntimamente relacionados a las prácticas culturales: diferentes individuos pueden ser susceptibles a excesos o desequilibrios con respecto a sus propias dietas. Por ejemplo, un estudio reciente focalizado en factores de la dieta en mujeres en México reveló una relación significativa entre la ingestión de carbohidratos y el cáncer de mama, mas no con la ingestión de grasas [Romieu et al., 2004].

Consumo de alcohol

El riesgo de cáncer de mama es proporcional al nivel de consumo de alcohol; dos o más dosis diarias constituyen riesgo [Longnecker et al. 1995; Smith-Warner et al., 2003]. El consumo moderado no sólo está asociado a un aumento considerable en los niveles de estradiol en la sangre, sino que también los niveles de acetaldehído, un químico cancerígeno que causa efectos dañinos en la síntesis y reparación del ADN [Poschl y Seitz, 2004]. Es interesante también notar que al menos un estudio reciente ha sugerido que un perfil genético particular puede predisponer a una mujer para una mayor sensibilidad a los efectos del alcohol, haciéndola mas vulnerable al riesgo de cáncer de mama [Coutelle et al., 2004].

Fumar

Algunos estudios que examinan los efectos de fumar en relación al riesgo del cáncer de mama han publicado resultados polémicos y a veces contradictorios, con algunos estudios sugiriendo que el fumar puede tener un efecto antiestrogénico y por lo tanto disminuir el riesgo de cáncer de mama, mientras que otros estudios sugieren lo contrario. Los resultados de un estudio reciente focalizado en la cantidad y la edad de inicio de fumar, con la historia reproductiva y edad de la mujer, indicaron que el fumar aumentó el riesgo del cáncer de mama, pero solamente en las mujeres premenopáusicas que comenzaron a fumar en los años durante el inicio de la menstruación, o en las mujeres pre-menopáusicas que nunca habían dado a luz, sin importar la edad del inicio del uso de cigarrillos [Band et al., 2002].  Los pechos pre-adolescentes y nulliparous son particularmente sensibles a los efectos de agentes cancerígenos [Russo and Russo, 1998].

Los investigadores actualmente examinan no sólo los efectos directos del fumar con respecto el riesgo de cáncer, sino también los efectos del ‘humo de segunda mano’. Por ejemplo, un estudio ha demostrado que las mujeres que han vivido con un esposo que fumó por más de 25 años presentan un aumento doble en incidencia de cáncer de mama con respecto a las mujeres cuyos maridos no fuman [Gammon et al., 2004].

Actividad física

La gran mayoría de los estudios que examinan una posible relación entre el riesgo de cáncer de mama y la actividad física han determinado que la actividad física está asociada a una reducción del riesgo de cáncer de mama en mujeres posmenopáusicas [Friedenreich y Orenstein, 2002].  A través de múltiples estudios, la evidencia de esta relación protectora es más fuerte para las mujeres posmenopáusicas [Friedenreich, 2004].  Datos son menos consistentes en el caso de decidir si la actividad física produce una relativa protección contra el cáncer de mama para mujeres premenopáusicas.

La efectividad de la actividad física en reducir el riesgo de cáncer de mama es mayor en mujeres posmenopáusicas con alto nivel de actividad física [John et al., 2003; Patel et al, 2003]. Estudios recientes han reportado posibles interacciones entre la actividad física y otros factores con objeto de reducir del riesgo de cáncer: los efectos protectores más notorios se verifican en mujeres que no fuman ni beben alcohol, no han dado a luz [Friedenreich et al., 2001], y no han tenido terapia de reemplazo hormonal [Patel et al., 2003].